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Deportes

La Selección va por toda la gloria ante Alemania en el Maracaná

13/07/2014 | Llegó el momento más esperado. Argentina volverá a jugar una final del mundo. Enfrente, como en las últimas dos oportunidades, estará Alemania. El sueño que comenzó en el Maracaná contra Bosnia terminará en el mismo lugar.

Los meteorólogos dicen que esta tarde caerá sobre Río de Janeiro una llovizna, apenas una garúa. Una chuva fraca. El agua no ayuda al fútbol pero siempre convierte al estadio en un escenario épico. Si el pronóstico acierta, algo improbable como ya sabemos, no le faltará nada al Maracaná para ser el teatro de una obra homérica, la final que Argentina jugará contra Alemania, el partido más trascendental de la Selección en un cuarto de siglo de frustraciones. Se escribirá esta historia, sea cual sea su desenlace, en el mismo lugar donde comenzó a construirse, frente al mar. Un territorio mitológico para el fútbol brasileño, tan ajeno al argentino, que puede convertirse en su nueva patria. Su patria moderna. El Maracaná, que fue el inicio de la travesía argentina, también es la cima del Everest mundialista.

Es un círculo que se cierra. Una aventura que se inició en Río de Janeiro y vuelve al mismo lugar. No hubo que hacer demasiados esfuerzos por recorrer Brasil; no se necesitó viajar al nordeste húmedo y tropicalísimo, tampoco acercarse a la amazonia. Un guiño del sorteo. Lo que empezó en el Maracaná la noche en que se enterró la línea de cinco, contra Bosnia, eso que ahora nos parece la prehistoria del Mundial, siguió en Belo Horizonte con Irán, en Porto Alegre con Nigeria, en San Pablo con Suiza, en Brasilia con Bélgica, otra en San Pablo pero con Holanda, y volvió al mismo lugar, la última estación. Hay mucho de misión cumplida en ese recorrido. Ya estuvo bien cuando la Selección superó el muro de los cuartos de final. Y estuvo mejor cuando cuatro días atrás saltó la valla holandesa en los penales.

Messi lo sabe más que nadie. Llegó su hora; su hora épica. La de Argentina. Aparecerán desde ahora –o ya aparecieron– los que dirán que siempre creyeron en el equipo, en el entrenador, en las piernas del crack, y en la defensa argentina.
La Selección va por el asalto final, la conquista de lo que no se conquista desde hace veintiocho años. Es Alemania, otra vez, en la final más repetida de la vida mundialista. Es imposible no pensar en el escollo de esta tarde y que la imagen no devuelva los siete goles o –como mínimo y suficiente– la ráfaga de esos seis minutos espectaculares que fueron la pesadilla brasileña, la peor que haya sufrido, una alucinación que no entraba en ningún cálculo. Hubo argentinos que eligieron burlarse, repetir el siete como un número mágico. Ahora hay que verle la cara al monstruo, abrirle la puerta y enfrentarlo. Es la última pantalla de este juego del paso a paso.

Es también el salto de Messi hacia el mito Maradona. Le queda un paso. Nunca había estado tan cerca. No hay mejor escenario que este, el Maracaná, para ese plan. Si Diego construyó su leyenda en México sobre todo contra los ingleses, rivales permanentes de esa construcción colectiva que es la memoria del hincha, Messi tiene la oportunidad para hacerlo en la vecindad. No había mejor combinación que el Maracaná contra Brasil. Lo esperaban también los mismísimos brasileños cuando todavía podían pensar en el hexacampeâo. Pero el tiempo no se vuelve atrás. Los últimos cuatro años Messi vivió con la obsesión de estar en este lugar. Jugó por primera vez en el Maracaná contra Bosnia. Y ahora vuelve en su mayor desafío como futbolista de la Selección, su escalada hacia la cumbre, una reivindicación generacional, los que como él nacieron después de que Maradona levantara la Copa en México.

Messi rescató al equipo en la primera fase con cuatro goles. Tuvo apariciones formidables contra Suiza y Bélgica. Pero nunca pudo superar la marca holandesa en un partido que encontró a otros héroes. La edificación de Alejandro Sabella ya no es la que se le prometía. Se trata de una arquitectura más pensada a la medida de Javier Mascherano. Del equipo del ataque se pasó al equipo de la muralla. Impensable para una defensa que hasta los primeros partidos ya resultaba una resignación. Es cierto que el entrenador se siente más cómodo con este funcionamiento, tan cierto como que en el tránsito hasta aquí hubo que superar dificultades y limitaciones. Los cuatro fantásticos nunca fueron cuatro durante un partido. Gonzalo Higuaín sólo marcó un gol. Se lesionó Sergio Agüero. Se lesionó Ángel Di María. Fernando Gago -el pase a Messi- sólo apareció contra Bosnia. Y nada más. En esa búsqueda apareció un equipo.

Messi lo sabe más que nadie. Llegó su hora; su hora épica. La de Argentina. Aparecerán desde ahora –o ya aparecieron– los que dirán que siempre creyeron en el equipo, en el entrenador, en las piernas del crack, y en la defensa argentina. Algunos tendrán razones y otros, los que nunca faltan, serán parte de la tropa que siempre se para bajo el techo del resultado. Para ellos nunca llueve. Serán los mismos que echarán sus broncas contra Messi y Sabella si esta tarde no sucede lo que esperan. Hay cosas que no cambian. Pero así como nada de lo que ocurra debería tapar las fallas que hubo en el camino, tampoco nada borrará lo bueno que hizo la Selección durante el Mundial: la energía que entregó el equipo, los partidos de Di María, las subidas de Rojo, cualquier movimiento de Messi, el esfuerzo de Mascherano, las atajadas de Romero, y la firmeza de Garay. Se puede seguir. Hay más y con más nombres. Ya habrá tiempo. Pero es bueno decirlo ahora, a las puertas del Maracaná, sin que importe que esta tarde llueva o salga el sol.

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